La historia de Juan Manuel de Prada y Javier Marías

21 06 2011

Hace muchos años leí “La Tempestad”, el premio Planeta 1997 de Juan Manuel de Prada, el ínclito autor con el pelo grasiento de tanto untarse con óleo sagrado. El “enfant terrible” de los ateos, los izquierdistas, los sofistas y en general de los no iluminados ya había escrito antes otras obras, con irregular fortuna. Recuerdo “Coños”, pero sobre todo recuerdo y conozco y soy dueño de “Las máscaras del héroe”.

“Las máscaras del héroe”, un título afortunado, con gran equilibrio entre sencillez y evocación, era el novelón más repleto de símiles que he leído jamás. Era, además, una narración llena de fuerza, que es lo que se suele decir cuando no se escribe sobre jazmines y prímulas. A esta novela y, por tanto, al autor, les tocó la lotería. Igual que ocurrió con la serie de novelas de mar y guerra del extraordinario Patrick O’Brian, esta obra cayó en manos del reconocido, asentado e influyente don Arturo Pérez-Reverte. Don Arturo, que en 2001 opinaba de Prada que “es mi amigo, y además merece estar en cualquier lista. Por eso deseo que pierda menos el tiempo en polémicas y en chorradas, y haga de una maldita vez la novela espléndida que tiene la obligación de hacer”, escribió el artículo \"Sobre Borges y sobre gilipollas\" publicado en enero de 2000.

Otras opiniones no han sido tan entusiastas. Ni siquiera, once años más tarde, creo que don Arturo mantenga una visión tan positiva sobre el hermoseador de léxicos Prada. Sin embargo, aquí, en la Hermandad del Valle de los Caídos, su obra sí sentó bien.

A lo que iba, que me voy por las ramas, como le ocurrió a aquel bonobo. Tras “Las máscaras del héroe”, novela cruda y muy poco apostólica (pues parece que en ella Juan Manuel quiso verter sus experiencias de agudo observador de culos y tetas), San Juan Manuel debió de ver la lus. No he tenido la inmensa fortuna (para mi alma) de leer otras obras maestras del autor que se toca con rebozo rememorando a Chesterton, pero sí pude leer “La Tempestad”. Mientras la leía pensaba en la cara de coña que quizá puso el autor de “La Tabla de Flandes”. También pensaba en lo chulis que son los premios Planeta. Recuerdo con gozo que el Buen Pastor de Almas explicó que con el dinero del premio, unos 26 millones de pesetas tras quitarle impuestos a los 50 kilillos originales, se compraría un piso. No sé por qué recuerdo esto, quizá por su extrema relevancia. Me imagino a Prada desempolvando palabras, sacudiendo conciencias, hostigando al blasfemo… en su pisito. Su reductito. Viendo porno de monjas, paseando erecto en calzón con un ejemplar de la Biblia en la mano y en la otra… Ya estamos, Iván, céntrate y respeta: un piso cómodo, coqueto, luminoso, y ya está.

Pero he aquí que don Javier Marías escribe su artículo “Desfachateces“, publicado el 15 de marzo de 1998. Posteriormente insiste en “Esas máquinas mágicas“, publicado en “El Semanal” el 29 de octubre de 2000, en que Juan Manuel le copió. También lo mencionó en el prólogo de la reedición en 1999 de \"Pasiones pasadas\".

A día de hoy desconozco si Juan Manuel de Prada ha compensado de algún modo, si eso es posible, a don Javier Marías. Ni sé si al menos desmintió lo del plagio, aunque en “El Mundo” se le defendió (\"acusa nada menos que a\"). Pero no hace tanto hemos disfrutado de sus aportaciones a la historia de la literatura en su artículo \"Plagios\". Por fin he aprendido que si copias y dices que mejoras el original, entonces es lícito hacerlo. Insisto: no hace falta mejorar el original (no es el caso del robo de Prada), sino sólo decir que uno lo mejora. Con un par.

(A modo de inciso, también he aprendido del Pater que el terrorismo de ETA es de inspiración comunista; vaya, hacía yo al elegante plagiador más fino y perceptivo. Equiparar la mitología de pelo con tracas y rollito callejero Molotov de ETA & Co con el comunismo es una muestra más de lo sandio que es este advenedizo. No hace falta ser un pensador a tiempo completo para identificar nacionalismo con derecha, pues siguen las mismas definiciones, los mismos lugares, el mismo desprecio, la misma xenofobia – perdón, orgullo patrio, que es lo mismo pero más mono -, el mismo clasismo. En esa estampida de tontos, iracundos, ladrones y meapilas que es la derecha española, este tuerto mental está llamado a erigirse en el estandarte del embutido rancio)

El sutil perpetrador de casposo léxico, el adonis que se perfuma con naftalina, el apóstol de la intolerancia y el desprecio, el fanático integrista que traiciona como tantos antes de él a los ideales de su catecismo: la persona cuyo sudor con seguridad huele a odio, la que más excreciones y vomitonas y erecciones ve en todas partes. Copia, pega, se esconde, ataca y huye. Un ejemplo de valiente intelectual de derechas, en una época (los últimos siglos) tan escasa en intelectuales de derechas. Mi amor.








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