Queridos par de lectores, os presento a la quintaesencia de la personalidad pepera murciana. Don Francisco Marqués.
Explico una cosa a quien piense que se trata sólo de un asunto local o al menos regional, sin interés para madrileños o habitantes de Burkina Faso. Este señor, un prepotente absoluto, es tan representativo de su época como un soldado estadounidense con un cigarrillo ladeado o una severa institutriz que reprende a unos niños.
Francisco Marqués, duro como, precisamente, el hormigón, es uno de los que manufacturaron el clima de idiotez que ha convertido a Murcia en una región que muchos vemos ridícula.
El ex-consejero de medio ambiente, que proclamó que “donde hay lechugas, puede haber casas”, fue uno de los partícipes de convertir un organismo de la administración encargado de velar por el Medio Ambiente y de perseguir las agresiones cometidas contra él en un nuevo ministerio de fomento.
Durante la época de “bonanza económica” me cansé de oir a técnicos y políticos hablar sobre subvenciones y exenciones fiscales a las empresas para que pudieran cumplir la legislación ambiental. Que a los empresarios había que hablarles en su lenguaje. Que ellos sólo veían el asunto como una oportunidad de negocio. Que la etiqueta ISO 14000 o cualquier otra farragosa mierda suponía una diferenciación o una ventaja sobre la competencia o una simple necesidad si querías trabajar para la Administración, para una empresa importante o para los guiris. Que no era posible que viesen la protección del medio ambiente como lo que es: una responsabilidad moral y una absoluta obligación. Como si la sociedad, al conseguir medidas legislativas de protección, tuviera a la vez que gastarse dinero para que quienes atentan contra el medio ambiente decidan ceñirse a la ley porque les supone ahorro o beneficio. Un puto chantaje, vamos.
Recuerdo, y esto no me convierte en comunista ni socialista, creo yo, haber asistido a reuniones de estudiantes, de trabajadores por cuenta ajena y de empresarios. Los primeros suelen exigir que se les permita hacer menos y llegar más lejos con menos esfuerzo; los segundos acostumbran a exigir que se cumpla la ley; pero los terceros exigían que la ley fuese más laxa para ellos (hacen con medio ambiente lo mismo que pretenden con el despido libre y con los impuestos). Quizá haya que cambiarles a muchos el estúpido mote de “innovadores” o, mejor aún, el de “emprendedores”, por el de chantajistas.
(Nota para quien me lea y, sorpresivamente, no me conozca en persona: soy autónomo y tengo contratados cinco trabajadores. No cobro en B y hasta pago por la estupidez – para mi actividad – del PRL. Añadiré que acostumbro a votar en blanco, aunque un partido con Rosa Díez, Manuel Pimentel, Ruiz Gallardón y gente como José Luis Balbín habría contado casi seguro con mi voto).
Sigo.
En múltiples charlas etiquetadas como cursillos (convenientemente subvencionados) tuve que ver a los que tendrían que haber sido policías ambientales convertidos en asesores de empresa. Pude asimismo comprobar cómo los asesores de empresa eran meros firmantes de estudios técnicos para empresarios que como mínimo, veían el rigor científico y la seriedad como las anteojeras, y a la recién licenciada (llena de ilusión por hacer su trabajo bien, por plasmar los conocimientos que adquirió con esfuerzo) como al burro que las lleva.
¿Le suena a alguien? Iré traduciendo entre paréntesis: empresarios hablando de flexibilidad (tragaderas), de ser una familia (mientras estés bajo mi techo harás lo que yo digo), de ir todos en el mismo barco (si nos hundimos te tiro por la borda, tío lastre; si vamos a toda marcha machácate, ajusta velas, boga, amplía las guardias. Qué náutico, le encantaría a Prada Maturin).
¿Quién no ha sido manipulado así por empresarios de tres al cuarto? ¿A quién no se le ha dicho alguna vez que el progreso es talar el bosque para plantar almendros, quitarlos para poner olivos, arrancarlos para plantar lechugas cuando conseguimos agua para el desierto, y finalmente llenarlos de casas paradójicamente vacías, si acaso con un montoncito de cervezas vacías tiradas por el jardín? (basado en hechos reales).
Debo informaros de que en el Shangri-La del PP, la región del “Agua para todos”, el oficinista o la jubilada se sueñan agricultores a lo Garcilaso y se enfadan sinceramente ante la idea de que los ríos TIRAN el agua al mar. Los hijos de puta de los ríos.
Que Onda Cero llegó a decir que es incomprensible un proceso en el que, en lugar de tomar el agua dulce y meterla en un tubo, la tiramos al mar y luego le quitamos la sal. Con simplificaciones así explicaban la discusión sobre el Plan Hidrológico Nacional y la visión del PSOE sobre favorecer la desalación de agua marina. A los simples con poca letra y menos ciencia les venía de perlas la explicación. Les daba argumentos para discutir a gritos en el bar. Y en Murcia, lo creáis o no, los camareros son de derechas en buena proporción.
Este es el clima en el que hemos vivido muchos habitantes de la muy pedigüeña y agresiva región de Murcia.
La imagen que me quedará de esta época es la del jardín del superchalet de 60 m2 en Mar Menor Golf Resort, de Polaris (cómo no, primera línea de costa, eso sí, comparado con Kazajstán) lleno de latas vacías de cerveza porque los jubilados guiris encontraron un bebedero al sol. El anuncio de la tele con el mentecato de Camacho paseando por Calblanque, a veinte km del resort de Polaris más cercano. El folleto del resort de Fuente Álamo, con fotografías de encina extremeña y de adorable iglesia de Guadix.
O me valdrá también la del encorbatado aristócrata veterinario atravesando la cola de inmigrantes en comisaría.
O quizá el terreno estacado de esqueletos de almendros y bordeado por la sempiterna hilera de banderolas deshilachadas (GRUPO HISPANIA, POLARIS WORLD, golf, golf, golf…).
Ya no hay grúas en mitad del campo. Ya nadie gana tres millones porque ha sabido que los vecinos nuevos han comprado el dúplex de al lado seis meses después mucho más caro. De repente, nuestra casa no es una inversión, sino sólo nuestra asfixiante hipoteca y, si hay suerte, nuestro hogar.
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