Anochecía cuando Efran llegó al sitio convenido en el parque de la zona Oeste del Borde. Apenas quedaban transeúntes, quizás porque no faltaba mucho para la emisión del especial de los Padres sobre la guerra en Realidad Cotidiana. Sí, se había declarado una guerra aquella misma mañana, a las 10 horas y 42 minutos. Era la primera guerra en seis siglos, así que la noticia era importante, y Efran maldecía para sí la oportunidad perdida.
- “No me lo puedo creer” – pensó – “Una guerra. Una guerra y no puedo ver cómo la acaban los Hombres esta misma noche. Mañana en clase todos hablarán de ella y yo seré el único idiota que no lo habrá visto.”
Algo interrumpió sus pensamientos. Un ruido de pisadas de zapatos de piel, probablemente sin suelas, en el prado, a novecientos setenta metros de distancia. Mantenía operativa la función de escucha de su cerebro modificado siempre que se quedaba solo. Se mantuvo junto al murete del Borde y fingió contemplar la puesta de los soles frente al fabuloso acantilado. Su sentido de la escucha le devolvió trazas de un ave saliendo de su nido en la pared, a unos seis kilómetros bajo él.
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Soma estaba bajo el ataque directo de bombas de impulso. Los Hombres refugiados en el centro ni habrían podido imaginar el poder destructivo que los rebeldes desplegaron con armas tan inverosímiles como aquellas. Con su habitual prepotencia de Modificados, los Hombres habían creído que la guerra iba a ser como en sus entrenamientos en el planetoide 911. Sus sentidos hipertrofiados y sus cerebros adaptados no dejaban sitio para la imaginación.
Los Básicos murieron sin inmutarse, porque el dolor les había sido extirpado en la Modificación. Pero los Mandos, cuyas modificaciones habían conservado aspectos de la mente como la imaginación o la capacidad de sentir miedo, sí tuvieron la oportunidad de sufrir ante la muerte mientras veían su propia carne deshacerse con cada latido. Eran las 11 horas y nueve minutos cuando Soma, el Centro de Modificación de la Memoria, quedó convertido en cenizas que latían con los últimos impulsos.
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Vera y Dharma cenaban frente al receptor de Realidad Cotidiana. Como todos, estaban impacientes por ver a los Hombres acabar con la guerra. ¿Quiénes serían los enemigos? ¿Por qué iban a hacer algo tan inútil como declarar una guerra a Mastra? Todos, en la comodidad de sus salas, se hacían preguntas así.
La imagen del Padre de la Ciencia dio paso, como siempre, al informativo nocturno, seguido por prácticamente la totalidad de la población del planeta Mastra. Era muy raro que alguien faltara a su cita con los atractivos Jennert y Alda, los dos modificados en estética más famosos del sistema.
- ¡Buenas noches a toda la población! – reía Jennert en su conocido saludo – ¡Y buenas noches a nuestra querida compañera Alda!
- ¡Buenas noches a todos y especialmente a ti, querido! – era la respuesta-fórmula de la aparentemente joven mujer – Esta noche hay muchísimas noticias que comentar a nuestra querida población.
- Así es, Alda. Porque esta noche, como les habíamos prometido, les ofrecemos el especial sobre la guerra que los Hombres han librado en las cercanías de Soma.
La imagen mostraba a los Hombres en formación cerrada, con sus cuerpos esculpidos en aleaciones desconocidas, avanzando como una gigantesca mancha en dirección al Centro de Modificación de la Memoria, conocido por todos como Soma, un lugar del que se oían decir cosas increíbles.
Dharma había oído en su Primera Niñez a su Previo cuando hablaba de aquel lugar con un desconocido. Hablaron sobre gente que había estado allí para una Corrección e incluso para una Eliminación de la Memoria. Él, un niño entonces, no había entendido nada de la conversación, y no volvió a oír a su Previo hablar del centro en los trescientos años que hubieron de pasar hasta su muerte.
Los Hombres se materializaban ya en la base de la ladera de Montaña Soma, donde se encontraba la inmensa edificación. Un reloj de dígitos indicaba la hora en una esquina de la pantalla: 10 horas y cincuenta y ocho minutos. Algo parecido a proyectiles partía de las filas de los Hombres y superaba las altas paredes del centro.
Muy pronto la imagen se llenó de humo, estallidos y resplandores por todas partes. Un narrador de voz neutra explicaba las características de cada tipo de arma empleada por los Hombres. Los grupos de Básicos se introdujeron rápidamente en el centro, hábilmente dirigidos por sus Mandos, sin apenas resistencia por parte de los rebeldes que se habían hecho con el control apenas diez minutos antes. En realidad, había llevado más tiempo acceder al centro desde los puntos de llegada de los materializadores militares que en dar la orden de ataque, preparar y formar las tropas,
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