No había nada viejo en el mundo. 2

7 04 2010

Anochecía cuando Efran llegó al sitio convenido en el parque de la zona Oeste del Borde. Apenas quedaban transeúntes, quizás porque no faltaba mucho para la emisión del especial de los Padres sobre la guerra en Realidad Cotidiana. Sí, se había declarado una guerra aquella misma mañana, a las 10 horas y 42 minutos. Era la primera guerra en seis siglos, así que la noticia era importante, y Efran maldecía para sí la oportunidad perdida.

- “No me lo puedo creer” – pensó – “Una guerra. Una guerra y no puedo ver cómo la acaban los Hombres esta misma noche. Mañana en clase todos hablarán de ella y yo seré el único idiota que no lo habrá visto.”

Algo interrumpió sus pensamientos. Un ruido de pisadas de zapatos de piel, probablemente sin suelas, en el prado, a novecientos setenta metros de distancia. Mantenía operativa la función de escucha de su cerebro modificado siempre que se quedaba solo. Se mantuvo junto al murete del Borde y fingió contemplar la puesta de los soles frente al fabuloso acantilado. Su sentido de la escucha le devolvió trazas de un ave saliendo de su nido en la pared, a unos seis kilómetros bajo él.

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Soma estaba bajo el ataque directo de bombas de impulso. Los Hombres refugiados en el centro ni habrían podido imaginar el poder destructivo que los rebeldes desplegaron con armas tan inverosímiles como aquellas. Con su habitual prepotencia de Modificados, los Hombres habían creído que la guerra iba a ser como en sus entrenamientos en el planetoide 911. Sus sentidos hipertrofiados y sus cerebros adaptados no dejaban sitio para la imaginación.

Los Básicos murieron sin inmutarse, porque el dolor les había sido extirpado en la Modificación. Pero los Mandos, cuyas modificaciones habían conservado aspectos de la mente como la imaginación o la capacidad de sentir miedo, sí tuvieron la oportunidad de sufrir ante la muerte mientras veían su propia carne deshacerse con cada latido. Eran las 11 horas y nueve minutos cuando Soma, el Centro de Modificación de la Memoria, quedó convertido en cenizas que latían con los últimos impulsos.

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Vera y Dharma cenaban frente al receptor de Realidad Cotidiana. Como todos, estaban impacientes por ver a los Hombres acabar con la guerra. ¿Quiénes serían los enemigos? ¿Por qué iban a hacer algo tan inútil como declarar una guerra a Mastra? Todos, en la comodidad de sus salas, se hacían preguntas así.

La imagen del Padre de la Ciencia dio paso, como siempre, al informativo nocturno, seguido por prácticamente la totalidad de la población del planeta Mastra. Era muy raro que alguien faltara a su cita con los atractivos Jennert y Alda, los dos modificados en estética más famosos del sistema.

- ¡Buenas noches a toda la población! – reía Jennert en su conocido saludo – ¡Y buenas noches a nuestra querida compañera Alda!

- ¡Buenas noches a todos y especialmente a ti, querido! – era la respuesta-fórmula de la aparentemente joven mujer – Esta noche hay muchísimas noticias que comentar a nuestra querida población.

- Así es, Alda. Porque esta noche, como les habíamos prometido, les ofrecemos el especial sobre la guerra que los Hombres han librado en las cercanías de Soma.

La imagen mostraba a los Hombres en formación cerrada, con sus cuerpos esculpidos en aleaciones desconocidas, avanzando como una gigantesca mancha en dirección al Centro de Modificación de la Memoria, conocido por todos como Soma, un lugar del que se oían decir cosas increíbles.

Dharma había oído en su Primera Niñez a su Previo cuando hablaba de aquel lugar con un desconocido. Hablaron sobre gente que había estado allí para una Corrección e incluso para una Eliminación de la Memoria. Él, un niño entonces, no había entendido nada de la conversación, y no volvió a oír a su Previo hablar del centro en los trescientos años que hubieron de pasar hasta su muerte.

Los Hombres se materializaban ya en la base de la ladera de Montaña Soma, donde se encontraba la inmensa edificación. Un reloj de dígitos indicaba la hora en una esquina de la pantalla: 10 horas y cincuenta y ocho minutos. Algo parecido a proyectiles partía de las filas de los Hombres y superaba las altas paredes del centro.

Muy pronto la imagen se llenó de humo, estallidos y resplandores por todas partes. Un narrador de voz neutra explicaba las características de cada tipo de arma empleada por los Hombres. Los grupos de Básicos se introdujeron rápidamente en el centro, hábilmente dirigidos por sus Mandos, sin apenas resistencia por parte de los rebeldes que se habían hecho con el control apenas diez minutos antes. En realidad, había llevado más tiempo acceder al centro desde los puntos de llegada de los materializadores militares que en dar la orden de ataque, preparar y formar las tropas,





No había nada viejo en el mundo. 1

1 04 2010

“No había nada viejo en el mundo. En el tiempo en que suceden estos hechos aún estaba en mi Primera Vida, y todo era reciente. El hombre, recién repuesto de la Mutación, veía cada pequeña cosa, cada trazo del paisaje, cada cara conocida, sin que el asombro le abandonara. Nuestros nuevos ojos, unidos de alguna forma inverosímil con nuestros extraños cerebros, permitieron apreciar las matices y los colores de un modo más amplio, y hubo que crear muchísimas palabras.

Fue exactamente como había predicho Punsard. La Mutación, que hoy sabemos que apareció en algún lugar del Viejo Mediterráneo (¿como la Civilización Original?), se extendió exponencialmente, igual que una pandemia, gracias al Virus Portador. Nadie quedó a salvo; mejor dicho: nadie quedó sin Salvación. De un plumazo quedaron barridas todas las religiones, olvidamos las corrientes filosóficas, el Pasado murió.

Mi linaje había ocupado puestos de dominio desde varias generaciones atrás. Se decía que los Rang estaban casados con el poder. Eso es lo que me explicaron durante años mis educadores. No sé.

Cuando oí mencionar por vez primera la Mutación era estudiante en una universidad de dirigentes, que por entonces eran extraordinariamente costosas. En su última clase el entrañable profesor Liberkoff nos explicó las teorías de Punsard. El Padre de la Ciencia postulaba que si la Mutación llegaba a integrarse en el genoma humano a través de algún vector, los cambios serían extremos. Unos pocos años después concretó su Predicción.

En aquella época mis preocupaciones no tenían nada que ver con las que hoy me paralizan. Estaba en mi estadío reproductivo, según hoy se entiende. A mí me parecía amar. Antes de que la Belleza o el Arte fueran abolidos, algunas personas creían amarse. Ahora que todo lo Viejo no existe es difícil de creer. Pero es preciso que me entiendas, hijo mío. Ahora no hay juventud ni madurez ni vejez (deja una pregunta en Red, y verás que nadie sabe qué significan esas palabras), pero hace setecientos veinte años no se había definido el Ritmo Vital, y cada persona nacía cuando deseaban (más o menos) sus Previos. Según la vieja creencia, yo estaba enamorado de una mujer que debería haber sido tu madre.

Quiero describírtela. Para un hombre en su último Ciclo, es reconfortante acordarse del Pasado. Ahora no me consuela la proximidad de la Salvación, de modo que quizás me perdones la blasfemia. ¿Qué puedo perder? Mi Generación es la última que tuvo alguna relación con el Pasado, al extinguirme sólo estas líneas te ayudarán a conseguir lo que ella defendió hasta su muerte.”

- Demencial -musitó Dharma Rang mientras detenía el soporte en una pausa del narrador- Ese viejo estúpido y su obsesión con el Pasado. Hay que destruir la halograbación antes de que nadie más sepa de ella. Es mi obligación. Doscientos años oyendo al Previo hablar de Pasado. ¿”Amar”? ¿De qué hablaba? ¿Qué quiere decir?

Dharma Rang estaba seguro de que no podría evitar una visita a Soma si alguien denunciaba la grabación. Se dispuso a llevar el soporte al destructor de la cocina cuando el ruido de alguien abriendo la puerta de acceso le interrumpió.

- Mierda – se le escapó mientras guardaba a toda prisa el soporte entre sus ropas.

- ¡Hola, Dharma! – saludó Vera desde el acceso a la vivienda – No te vas a creer lo que he visto hoy.

- Hola, Vera. Pasa y cuéntame. Toma, aquí tienes un poco de zumo. Siéntate y me lo explicas.

- No me vas a creer. He visto a uno de la Última Generación del Pasado, en plena calle. Ha sido rarísimo.

- ¿Sí? No sé… para mí no es tan extraño. Ya sabes que mi Previo era de la Última Generación.

- Lo sé, Dharma, pero… ¿por la calle? ¿Aquí, en Dhaenor Mastra? Todos saben que se confinó a la Última Generación en el planetoide 599 hace mucho tiempo. Además, yo pensaba que se había extinguido.

- Yo… –Dharma se tanteó la ropa, claramente incómodo. Tocó el soporte y con un escalofrío no consiguió recordar si había destruido el paquete donde se lo habían remitido. Definitivamente, tendría que haber seguido las instrucciones de los Hombres y denunciar el envío. Eso si no habían rastreado el Materiador del salón. Seguramente los Hombres ya se dirigían a su casa. Los llevarían consigo, los dejarían abandonados en Soma. Otra vez se estremeció.

- Dharma, perdona, soy tonta –se disculpó Vera- He olvidado lo de tu herida, ni siquiera te he preguntado si el Reponedor ha acabado…

- No te preocupes – respondió Dharma, que tanteó el tubo metálico azul del Reponedor que se introducía en la carne de su costado. Zumbaba de forma casi imperceptible, pero las substancias que le habían introducido al iniciar el tratamiento impedían que notase ni una sola molestia.

- Desde luego que me preocupo –exclamó Vera entre avergonzada y divertida.

Nunca en su vida habían visto a nadie usar el Reponedor, porque, según la Red, hacía unos ciento cincuenta años que un ser humano se había herido por última vez. El Reponedor parecía cosa de grabaciones, y cuando le dijeron que su Par se había herido y que usarían el trasto con él había soltado una carcajada. “¿Herido? ¿Me toma el pelo?” habían sido sus palabras.

Ahora, nueve días después, reconocía en la expresión confundida de Dharma la que había mantenido toda la tarde en que le instalaron el Reponedor sobre la herida, cuando vinieron aquellas personas con sus halograbadoras y se emitió la intervención en todo el hemisferio.

- Tienes otra vez esa expresión –dijo sonriendo- como si estuvieras sin tu Localizador, como si viajaras por el Mundo Natural sin él, como si no supieras dónde estás.

- No me lo recuerdes. Me da miedo pensar en ese horrible sitio. No debimos ir. Y no me imagino sin mi Localizador, pisando esa tierra asquerosa, rodeado de plantas con ese horrible color verde.

- Par, no debes hablar así de un regalo. Puedes herir mis sentimientos…

- Lo sé, Par. Es sólo que fue una experiencia desagradable. Tus Previos no podían saberlo de antemano. Perdona.

La conversación derivó hacia las actividades del día. Vera había estado en la Central de Simulación, como cada jueves. Su función de supervisora jefe del Programa de Salvación en Dhaenor Mastra hacía de ella alguien muy importante. No era raro que en su tarea el horario programado se rebasara, y no siempre encontraba a Dharma despierto a su regreso. Sin embargo, había sido un día de lo más normal, sin nada que resaltar.

Dharma, por su parte, seguía su tratamiento con el Reponedor, y dedicaba la mayor parte del día a las sesiones de Realidad Cotidiana en la sala del receptor. A veces pasaba un ratito viajando por Red, cuando T limpiaba la sala. Nunca estaba mucho tiempo porque aún se conectaba con el implante y no le resultaba cómodo. A pesar de tener un buen trabajo en la distribución de alimentos en la comarca de Dhaenor Mastra, Dharma no consideraba necesario intervenirse para colocar un conector cerebral a Red, una operación muy cara.

En los días pasados desde que se hirió y perdió buena parte de su hígado, había tratado de mantener una vida lo más normal posible. Pero el Reponedor no le permitía moverse con soltura, y hacía más de veinte días que no salía al jardín. Estaba hastiado, y deseaba volver a su trabajo, al zumo con Stender y Aldear o a los largos paseos por el Borde con Vera.








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