¿Individualismo o socialización?

12 12 2008

Hola, acabo de regresar del blog de MiesVan. Allí mi buen amigo ha opinado sobre algo sobre lo que de vez en cuando pienso yo también. Como no quería que un comentario fuese más prolijo que la entrada original, pondré aqui mi opinión sobre ello.

Enlace a la entrada Ser o Tener

Afirmar que alguien es sobre todo aquello en lo que trabaja. La confusión entre Ser o Tener, que MiesVan y sus amistades comentan tan acertadamente. Yo he trabajado en cosas distintas, y no creo que vaya a ser especialmente diferente si cambio de actividad mañana.

Qué gran ayuda, ¿no?, y qué simpleza, la necesidad de clasificar basándose en unas pocas categorías. Todos cabemos en cajoncitos si somos lo bastante pequeñitos. Cuánto miedo tienen las personas a conocer a los demás. Cuánto amor a los agrupamientos, tan útiles a los publicistas, tertulianos, sociólogos, políticos, empresarios, responsables de recursos humanos, generales, a veces profesores, hasta padres.

Si todo el que desempeñara una actividad lo hiciera de un único modo, podríamos quizá pensar que su carácter le llevó a dedicarse a ella en concreto. Muy determinista. El apocado, amante de los detalles y poco dado a la acción es dirigido por un hábil psicólogo o psicóloga escolar hacia los estudios de Biblioteconomía. El chulo del insti, a maxilofacial. Digo yo.

Aunque no creo en el relativismo como el Jefe MiesVan, sí que creo que hay tantos tipos de personas como seres humanos hayan existido. Sólo en la superficie, de lejos y de forma miope podemos afirmar que los médicos o los abogados o los ropavejeros son de determinada manera.

No digo que no haya aspectos de la personalidad y del comportamiento que desde luego no sean reconocibles en, p.ej., los soldados (como la imprescindible -para su función- ausencia de individualismo y, por tanto, de pensamiento propio) o, p.ej., los escritores ultracatólicos (obsesionados con rebajar al hombre a la categoría de muñeco). Los bioquímicos, sin ir más lejos, son muy dados a mantenerse vivos gracias a una complicada serie de reacciones metabólicas catalizadas por enzimas. Mientras los delineantes recorren con callada pasión las curvas de los cuerpos de sus amadas, las empresarias gustan de llevar la iniciativa. Hay muchos más casos. Qué decir de los trapecistas, que están todos colgaos.

Lo que pienso, ahora en serio, es que se trata de aspectos superficiales sublimados por la obsesión moderna por las ciencias del comportamiento y por la comunicación mediante el lenguaje corporal. Nada menos que el 70% de lo que se comunica pertenece a la comunicación no verbal, guau. Lo sé por la serie “Mentes criminales”. La de conclusiones que sacan esos chicos con tres puñetas y un tambor. “Tenemos un perfil” “¿Ya?”

Debe de molar mucho creer que aplicar la relativamente válida inferencia estadística a observaciones parciales y sesgadas hacen de la Psicología y la Sociología ciencias verdaderas, es decir, sólidas ciencias experimentales. Lamentablemente para Don Juan Manuel de Prada, mi Némesis, voy a insistir en que estas disciplinas no son ciencias desde un punto de vista metodológico estricto. Insisto además en algo obvio, pero necesario: estoy expresando una opinión personal.

Si a Don Santurrón le parece que existe un culto a la Ciencia que intenta sustituir a sus Fantasías Animadas de Ayer y Hoy, es posiblemente por el gran crédito que se ha dado últimamente a las renqueantes ciencias del análisis de la mente humana. Parece claro que no hablo de la Neurología tanto como de la Antropología Social. Espero que eso se entienda.

Así, el joven y guapo responsable de recursos humanos de Corp. Industries. Inc. está entrenado para analizar el lenguaje gestual, la posición corporal y otros cuarenta millones de señales que enviamos sin darnos cuenta. Porque el profesor del máster le explicó qué significa retorcerse las manos, ponerlas a la espalda o cruzarlas, tocarse el mentón, inclinarse hacia adelante o mirar de forma franca, a los ojos, todo ello en una situación tan dada a la naturalidad como una entrevista de trabajo. El MI-5 del análisis epidérmico puede así tomar la mejor decisión para su empresa, sin dejarse engañar por lo que cuenta el tontolapolla de enfrente. “Este tío es un crack, súper rentable de la muerte, morirá por el balance, se lo digo yo, señor Cucaleras”. O “ese tío es un problemático, ha preguntado nerviosamente de qué tipo sería su contrato. Vamos, y encima colocando los antebrazos en el ángulo inadecuado. Pedazo de mierda comunista. La culpa es de Zapatero. Agua para todos”.

Todo ello en detrimento del análisis reflexivo, la amable y paciente observación y la atención comprensiva a lo que la gente comunica cuando pretende hacerlo. Sí, sí, a lo que tiene la intención de decir. En la actualidad, el artificio de lo interactivo sustituye al acto de comprender y al de colaborar.

Así que por eso algunos dejaron de discutir y escriben sus ideas. Se evitan que sus gestos, sus ojeras, su ropa, su timbre metálico o su intensidad hablen más por ellos que ellos mismos. Intentan evitar las múltiples interferencias que dan al traste con el verdadero acto comunicativo, la comprensión de un mensaje. Lo llevan claro hoy por hoy, cuando el medio de comunicación prevalece sobre el mensaje transmitido, y donde el contexto moldea al mismo mensaje más, en apariencia, que su creador.

La comunicación verbal es mucho más un producto de la voluntad y la inteligencia que la no verbal, y el mundo actual, cuando no pretende bautizarte a hostia limpia, prefiere y elige como más definitorio de una persona lo que no queremos decir que lo que sí queremos decir. Para llegar hasta aqui no hacían falta esas alforjas, señor Darwin. Eso ya lo hacían los archibebes, los vuelvepiedras y los correlimos.

Así que la pequeña historia de Pérez-Reverte de aquella vez que vio desde el exterior de un colegio a una niña leyendo sola, contra viento y marea (ay Prada Maturin, otra vez la náutica) no va a tener final feliz (¿de verdad importaría que se la hubiese inventado?).

La pequeña sociópata tendrá que recibir una mención por parte del departamento de orientación del colegio, perdón, del centro educativo. La perra que lee en lugar de comentar “Física o Química”. La que no se duerme en clase porque no se tragó el Mississippi de turno y no se durmió a la una. ¿Quién se cree que es? Quizá en el futuro un compañero de trabajo no la invite a la comunión del gilipollas de su hijo, por no “mezclarse”. La altiva, engreída, la muy zorra. De qué va.

El otro día un compañero que quería entrarle lo intentó diciendo que él también leía. Ella, claro levantó la cabeza. Ya se sabe que todas las personas que leen pertenecen al grupo de las personas que leen. Tendrían mucho de lo que hablar, porque ya se sabe que si no se tienen las mismas aficiones ni la misma ideología, no hay nada de qué hablar.

El compa le explicó (con un “acho” bien colocado al comienzo de cada frase) que había leído un libro, el primer Harry Potter, varias veces. La muy estúpida se delató perdiendo algo del brillo que se le había puesto en la mirada. Aunque respetuosamente no hizo comentarios, el compañero, futuro as de los recursos humanos, notó en ese gesto involuntario que ella le cagaba la cara. Así que se comunicó con ella con un “acha, que te follen”. Una profesora notó en el lenguaje corporal del muchacho que se sentía muy dolido. La alumna recibió un negativo. Asiste a clases de socialización, donde recortan y pegan cosas siguiendo respetuosos turnos. Le ponen videos con fragmentos (sin muertos) de “Mentes criminales”. Y de “Física o Química”. Su madre le ha prohibido la lectura, que así no hay Dios (ay Prada) que vaya a impedir su socialización.

Mis disculpas a mis amigos profesores por una situación exagerada y maquillada con fines expositivos.