¡Ajà! Con estupor poso mis enrojecidos globos oculares sobre el letrerío del Siempre Ínclito, Postrer Inquisidor, Supremo Guardián de la Fe, Excelentísimo y Reverendísimo Gran Maestre de la Orden de la Pedantería, Resucitador Último de Palabras, en suma, mercachifle y mamporrero eclesiástico D. Juan Manuel de Prada.
El adalid de la Atacada Fe, siempre presto a defenderla de los bombardeos laicos con su consabida mezcla de caspa y alcanfor, encuentra que el mundo moderno hace otra cosa mal. Con lo que su cuenta de defectos detectados en la sociedad actual, por lo visto mayoritariamente impermeable a sus profundísimas convicciones, ya asciende a exactamente 1,34 billones.
Otra cosa que el hombre hace mal. Vaya, hombre. En su artículo de opinión de “XLSemanal” nº 1.099, del 16 al 22 de noviembre de 2008 (artículo completo), el Único Que No se Deja Engañar sostiene argumentos muy interesantes en su “Animales y Derechos”. Me temo que discrepo de algunas opiniones excretadas por el Planeta 1997.
El excelso autor de “Coños” expone un punto más del ” ‘eclipse de la conciencia’ que caracteriza al hombre contemporáneo”. Se trata de atribuir derechos jurídicos a los animales. Para él, el concepto ‘derecho’ se circunscribe al concepto jurídico de ‘derecho’, que conlleva una obligación correlativa. De este modo, no puede ser objeto de derecho un ser irracional, incapaz de ser objeto de obligaciones.
Arguye que en el caso de los niños y de los ‘nasciturus’, que tampoco asumen obligaciones, la capacidad para obligarse está implícita en su condición humana, “se ha empezado a gestar para realizarse plenamente en un estadio futuro”. No menciona a los que nunca poseerán tal capacidad, como los seres humanos con alteraciones de nacimiento o víctimas de enfermedades y accidentes. Pero no creo que los considere desprovistos de derechos. Alguien tan afable como para ser tan creyente nunca haría algo así. Es sólo que creo que recordarlos no convendría a su argumentación. Aunque sí incluye con calzador una de sus obsesiones, el inalienable derecho a la vida, que para el agradable autor sólo es sinónimo de prohibición del aborto en cualquier circunstancia, como quizá defendería en Antena 3 si fuera llamado a ello.
Insiste el en absoluto desabrido hombre de letras en la muy judeocristiana idea del ‘derecho a un dominio justo’ sobre la naturaleza por parte del hombre, el único ser capaz de aprovechar racionalmente sus recursos. No creo que haga falta rebatir este eructo. Todos somos conscientes de adónde ha estado llevando el aprovechamiento que el hombre ha hecho de los recursos naturales desde esta piadosa perspectiva.
El eclipse de la conciencia. El reflexivo y comprensivo escritor metido a vocero celestial cree que el hombre de hoy día es el responsable de que la vida humana haya dejado de ser inviolable… ¡”en esta época”! El reverendo Prada olvida que existe la posibilidad de que en el pasado algunos hombres hayan matado a otros, en varias partes del mundo. Así, podrían haber existido épocas en que la vida humana valía casi tan poco como en la actual. Y no me extrañaría reconocer que hace varios siglos, gente poseída por su mismo espíritu religioso (u otro parecido; desde fuera de la religión, señor Prada, no son tan distintos los diversos creyentes) considerase animales a los no creyentes. Si, como usted sostiene, el hombre es la medida de todas las cosas, estos animales bípedos y curiosamente parecidos a nosotros (o a usted), tampoco debieron de merecer demasiada protección jurídica.
Alguien experto en Derecho me sacará de mi error, si existe. Pero permítame, D. Juan Manuel, que explique mi opinión sobre esto, que seguramente no sea tan distinta en lo básico.
Yo veo que existen derechos inherentes a la condición humana, no ligados a obligaciones, y derechos asociados a obligaciones. Los primeros son los derechos básicos, como el Derecho a la Vida. Derecho que tienen un niño, un asesino o un autista, ninguno de los cuales pague quizá impuestos. Insisto: un asesino alevoso no respeta su obligación de no atentar contra la vida de otras personas, y sin embargo tiene que haber un estado democrático que conserve la suya entre rejas. Coincido con usted en que el Derecho, pacto entre hombres, atañe principalmente a los asuntos entre ellos, y a los demás seres y cosas en la medida en que les afectan. En efecto, parece que no existe el Derecho de un Río a Fluir, ni el del Sol a Brillar. Pero el hombre, sr. Prada, sí hace bien en atribuir derechos a los animales o a la conservación de recursos naturales, paisajes, etc, aunque a priori algunos de ellos no tengan utilidad para su papel de Justo Dominador. Y les atribuye derechos porque él es el único que puede hacerlo (coincidimos) ya que él es el único que puede conculcarlos.
Usted experimenta a diario, a juzgar por las iluminaciones y raptos que comparte con sus lectores, el efecto de lo irracional. Hay cosas que escapan a la idea de racional que sí que merecen consideración ¿verdad? Quizá estaría mejor pensar en que las cosas que no tienen la posibilidad de hacer el mal son buenas, así, artificiosamente, aunque eso no sea nada racional. De este modo, un orangután o un fiel perro, que no tienen el raciocinio para distinguir entre el bien y el mal, serían atribuidos por este procedimiento de sofisma puro a la categoría de ‘cosa buena’. ¿Por que no? Todos los días se defienden caprichos semejantes. Quizá conozca el caso de correligionarios suyos que darían de hostias al que osase insistir en que no es lo mismo una blástula que Charlize Theron.
El último párrafo de su artículo se me presenta contradictorio. Para usted “entre hombres y animales existe una desproporción insalvable” y “esa desproporción es la que permite al hombre mirar a los animales que pueblan la tierra y descubrir que son ‘buenos’, esforzándose en consecuencia por protegerlos”. No sé cuál es el mecanismo racional o metafórico del argumento de que es la desproporción la que permite tan condescendiente visión. Yo mismo veo que son buenas (y mejores que yo) ciertas personas mucho más altas y amables que yo, como el gran Michael Jordan, que desde su enorme estatura dedica parte de su fortuna a fines bondadosos.
Además, decir que es “insalvable” me lleva a pensar que su formación científica quizá sea algo deficiente. Consulte, por favor, los últimos avances en antropología biológica y repase lo que se conoce sobre etología. Vea, señor sabio, que quizá los miedos irracionales han acercado más al hombre a Dios que la serena, racional y en apariencia inevitable conclusión de que la materia es demasiado idiota como para organizarse, y que se precisa un ingeniero con aspecto de hombre para redactar las leyes de la termodinámica, amén de situar aledañas las áreas de ocio y de residuos. Para este fin las bibliotecas que frecuenta le pueden ayudar. Si sus abluciones le dejan tiempo. Huy, perdón, el cristianismo, que por lo visto sí pudo disfrutar de la Evolución desde el judaísmo previo, ya no las practica apenas, ¿verdad? Bautizo y poco más. Misas y rezos, quería decir. Kilómetros sobre las rodillas y latigazos en la espalda, llantos ante ídolos cubiertos de puntadas de oro. Cruzadas contra el rojo, brazos estirados al paso de los tanques. Manifestaciones en contra de llamar “matrimonio” a que dos maricones se den por culo legalmente. En fin, lo que usted haga en su tiempo libre.
Podemos leer un fantástico borborigmo: “Cuando el hombre deja de ser la medida de todas las cosas, cuando se le considera tan sólo el resultado final y aleatorio de una evolución natural, entonces triunfan los sofismas”. Aclaro a quien tenga la paciencia de leerme y misteriosamente no siga con afán a de Prada, que para el comentarista televisivo paniaguado de los apóstoles “sofisma” es cualquier idea o argumento que no comparte.
Acaba el planetario plumilla su brillante escrito con lo siguiente: “endiosar a los animales es como ‘desdiosar’ al hombre; esto es, como abolirlo”. Decir que no le comprendo es poco. ¿De que está usted hablando? ¿Endiosamos a los animales al hacerlos objeto de protección jurídica? Entonces ¿hemos endiosado a Proyectos y Decoraciones Juanito el Imposible, S.L.? ¿’Abolimos’ al hombre al regular y castigar el maltrato a los somormujos? En su propio lenguaje, sr Prada ¿es usted sandio o acaso inverecundo?

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