Tras ver una noticia en “La Verdad” sobre que Rouco Varela desea que se respete el espíritu de la Transición, decido ir a las fuentes en lugar de comportarme como el laico radical y prejuicioso que soy.
Aquí está el enlace del discurso del prelado:
Web de la Conferencia Episcopal Española
En un nada sorprendente ejercicio de diplomacia (la gran especialidad de la iglesia católica, últimamente un poco abandonado) leo y releo el grueso del discurso y a veces me encuentro de acuerdo con el sr. Rouco. Sí, amigos. Aparentemente, dice algunas cosas razonables para mi.
Tras los saludos y alusiones iniciales, trata un primer punto sobre la Palabra de Dios, asuntos internos. Tras ciertas disgresiones teológicas que no puedo discutir (apenas las entiendo y, desde luego, no me corresponde), acaba presentando el último éxito de la Conferencia Episcopal. Una curradísima versión corregida de la Biblia que nos permitirá ponernos en contacto con la verdad. En un segundo punto trata sobre la juventud, estrato social tan amado por el clero (no es coña, por favor).
Todo muy bien, cosas eclesiásticas, nada que objetar. Mi colmillo laicista comprende que la gente de religión, además de vivir su experiencia íntima, se organice en un eficaz, poderoso y milenario aparato. Desde luego, es para mi mejor que el pasotismo de un no practicante, que ni se atreve a tener fe y ser un buen católico, ni se atreve a pensar y quizá llegar al agnosticismo, ni acepta estar harto de cuentos y se confiesa ateo. Todo el derecho del mundo a atesorar sus creencias, su legado cultural, sus bienes y sus verguenzas.
Hemos llegado al punto III, sobre la situación actual. La iglesia española opina sobre los asuntos del siglo. En el párrafo 1 descubro la primera contradicción. Con elegancia no aluden al debate actual sobre la Ley para la Memoria Histórica, sino que inciden en la cristiana vocación por el perdón. Hay que purificar la memoria. Los profesores de Historia deben saber que según Monseñor, “A los jóvenes hay que liberarlos, en cuanto sea posible, de los lastres del pasado”. El propio Sr. Rouco cita (no voy yo a ser el único) ” “Al parecer, quedan desconfianzas y reivindicaciones pendientes. Pero todos debemos procurar que no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados” ” o ” “Deseamos pedir el perdón de Dios para todos los que se vieron implicados en acciones que el Evangelio reprueba, estuvieran en uno u otro lado de los frentes trazados por la guerra. La sangre de tantos conciudadanos nuestros derramada como consecuencia de odios y venganzas, siempre injustificables, y, en el caso de muchos hermanos y hermanas como ofrenda martirial de la fe, sigue clamando al Cielo para pedir la reconciliación y la paz” “. De nuevo la insistencia en que el péndulo, saltándose las leyes de la física, debe quedar elevado en un extremo de su recorrido. Me explico.
Todos sabemos ya que la Segunda República no fue una maravilla. Atolondrados de todo tipo tomaron y dejaron de tomar decisiones. Animales analfabetos y animales educados en escuelas (civiles y militares) hicieron cosas terribles antes de julio de 1936. Eso ya es conocido. Yo mismo odio la mayoría de razones por las que se construyeron maravillosas iglesias, conventos, monasterios y catedrales; pero jamás se me ocurriría quemarlas ni matar a nadie por ello. Me siento sobrecogido y admirado de los logros artísticos e intelectuales que suponen la mayoría de los templos y en general del arte sacro. Desde luego, pertenecen a mi legado cultural, a mi pasado y el de mis vecinos.
Quién sabe si una República más ayudada por otros paises no habría organizado, de haber llevado las de ganar, muchas más matanzas industriales al estilo de las de la plaza de toros de Badajoz o quizá Paracuellos del Jarama (todos conocemos las escalas de las matanzas en los dos bandos de aquella guerra, está en los libros). Si en lugar de recurrir a la usurera Rusia la República hubiera recibido ayuda de paises también democráticos como Francia, Inglaterra y EE.UU., quizá la Iglesia se hubiera puesto de su parte (a la vez que quizá hubiera ayudado a militares nacionales a huir a Sudamérica). Historia-ficción, claro.
Los malos eran los que apretaban el gatillo, los buenos, los que recibían la bala. Eso es lo que da el vivir en tiempos de paz (en democracia), Sr. Rouco, que uno puede decir simplezas sin llevarse un machetazo o ser fusilado. ¿Verdad? Pero hay un problema. Quizá su Iglesia ahora considere pecadores a los que cometieron atrocidades en ambos bandos. Su Iglesia sigue rogando que se olvide a unos mártires y se ensalce a otros. ¿Dónde queda, Sr. Rouco, la liberación de los lastres del pasado? Miles de familias han tenido la oportunidad de vivir sin lastres morales durante décadas, porque su única referencia moral les recordaba cada domingo que habían matado justamente. Sin embargo, otros poquitos miles de familias pasaron esas décadas sin saber dónde estaban los restos mortales de sus seres queridos, sin poder honrarlos, mientras veían cómo otros tenían derecho al reconocimiento como héroes y mártires. El péndulo osciló hacia un lado.
Muere Francisco Franco en una cama hospitalaria, en una cama que no pertenecía a la enfermería de una cárcel. A diferencia de sus colegas alemán e italiano, muere en paz. Transición española, animada por el espíritu que tan bien encarnaron y llevaron a la práctica grandes hombres como el Rey, Suárez o Fernández Miranda, además de la clase política de la época, con muy pocas excepciones. Todos los implicados renunciaron a muchas cosas por el bien común. Esa es la imagen que ha quedado. Aunque quizá convenga olvidar que muchas cosas se hicieron así, además de por un noble espíritu, por apaciguar los chirridos de sable y las balas en la nuca. Que el miedo también consigue cosas.
Vuelven a España muchos exiliados (algunos no perdonarán nunca, Sr. Rouco, no tienen su capacidad para sobreponerse y se quedarán en sus Francias y sus Méxicos) y se escriben muchos libros sobre lo santos que eran los del bando republicano, con ocasionales incursiones de francotiradores como Díaz-Plaja (je je). El péndulo baja y continúa en su oscilación hacia el otro lado durante el gobierno socialista. Más libros, algunos ya no son exégesis, quizá algunos sean objetivos. Incluso (esto es muy español) hemos dicho cientos de veces que los mejores eran escritos por extranjeros. Curioso.
Lo normal sería que el dichoso péndulo fuera perdiendo fuerza en la siguiente bajada. Pero en la España de Aznar todo era bollante. Así que fue muy bollante la idea de que en la Guerra Civil eran todos cenutrios y malos. Que los que se alzaron el 18 de julio estaban asistidos por un mismo sentimiento de justicia y tenían tanta razón como los que decidieron no hacerlo. Y nuevo impulso al péndulo. Nada, macho, no hay manera de que se quede parado de una vez en la posición correcta. Los señores de la derecha de este país han decidido que lo justo es lo salomónico (¿pero alguien recuerda que Salomón mandó primero partir al nene de las narices? ¿y si la madre embustera llega a decir que no? ¿a que lo habría hecho?).
Pero no, señores de la derecha. En ocasiones el punto equidistante entre dos posiciones no es lo justo. A veces discuten dos personas y sólo una de ellas lleva razón. A pesar del Terror, a pesar de la Rusia bolchevique, de la Cuba de Castro, la Historia no considera que el Antiguo Régimen, los zares o Batista fueran buenos. Aquí, en España, hemos descubierto que silenciar a las víctimas una (represión de la posguerra), dos (perdón a los asesinos durante la Transición) y hasta tres veces (la Audiencia Nacional lleva a que el juez que más promueve la aplicación de una ley – imperfecta pero vigente – lo deje), es perfectamente justo. Mientras, las víctimas asesinadas por los bárbaros incluidos en el bando republicano son canonizadas y santificadas. Sr. Rouco, no sé qué más decir. Parece que “no se deterioren ni dilapiden los bienes alcanzados”.
Con curiosidad contemplamos cómo se va creando un Nuevo Dogma Laico. La Transición, como no derivó en guerra, fue Perfecta. El extraordinario sacrificio de soportar que un régimen por fin democrático decidiera que los crímenes cometidos por una maquinaria estatal quedarían impunes no cuenta. No hubo un Nuremberg español. Y no hay nada que agradecer a nuestros mayores que perdieron una guerra dos veces. Todos esos hijos de puta que mantuvieron a España en la cola aún más tiempo murieron en sus cómodas camas, no en enfermerías carcelarias. Y los olvidados revolviéndose en sus fosas. De las que no se sabe si saldrán.
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