Sí, estimados seguidores. El Postrer Alienado, el Señor de los Enjuagues, Primer Lord Mayor de la Mar Laica, el muy Reputado Plumífero, Protector de las Bestias, Bocado de Ambrosía para Escilas y Caribdis, el muy apetitoso marsupialín D. Juan Manuel de Prada, cae presa de un rapto místico. En su abducción, el Intelectual Irracional sueña que es el cirujano Stephen Maturin.
El honorable Patrick O’Brian (artículo sobre el gran escritor) nos deleitó a muchos con su serie de novelas sobre la marina inglesa, protagonizada por el capitán Jack Aubrey y el cirujano Stephen Maturin. Muchos recordarán la magnífica película de Peter Weir, “Master & Commander”.
El cirujano y doctor Stephen Maturin, una amalgama irlandesa – catalana hecha espía y torpe marinero (su comicidad desaparece en la película), dedicado en cuerpo y alma a la Ciencia Natural y a combatir al tirano Bonaparte, acaba de encarnarse en D. Juan Manuel de Prada. Es cierto que el sueño de la razón produce monstruos, y que la tajada del Sr. Prada con vino eucarístico debió de ser fabulosa.
En sus etílicas y cristianísimas ensoñaciones, Juanma tuvo visiones de una mar laica en la que un frágil barquito (bastante desvencijado, añadiríamos MiesVan y yo mismo) navega a contracorriente. El susodicho barco es la Iglesia.
Resulta además que “el vino adulterado de nuestra época se llama laicismo”. Vaya, hombre. Con razón tengo este dolor de cabeza, que yo atribuía a la lectura de blogs de concejales populares. Pero me concederá, animado Sr. Prada, que con su exquisito vino de Caná también se agarran unas jumeras serias. No podrá negar que sus expansiones intelectuales, a modo de pías flatulencias, no tienen que ver con la ingesta inmoderada de fermentados de uva de calidad bendecida. Ande, confiese, padre.
En su inenarrable trompa, el litúrgico Intelectual Con Mayúsculas rememora el inmenso daño sufrido por la Inocente Iglesia a manos de sofistas (cómo no) y demagogos a lo largo de su historia. Insiste en la catolicista obsesión con que tiene que haber un Dios, pues nos recuerda que el laicismo “le dice al hombre que Dios no existe, le dice al hombre que él mismo es Dios, le promete la liberación de todas las ataduras”, confundiendo ‘laicismo’ (exigencia de dedicar a la religiones los espacios libremente designados por las sociedades para ellas, y no permitir su imposición en otros) con ‘ateísmo’ (negación de la existencia de dioses). Confusión muy de moda entre los radicales de la hoguera, tan en boga. Confusión que en el señor de Prada es aún mayor en vista del patente pedo que experimenta mientras teclea. Y es que, como le dijo el afamado juerguista San Agustín a aquella rueda de carro que le escuchaba tan atentamente “las mejores las he agarrao siempre con vino del bueno, colega”.
D. Juan Manuel de Maturin observa ensimismado (no se sabe si por el sopor de la navegación o por la embriaguez que le da a su hondo aliento poético ese tono avinagrado) la Mar Laica. Junto a él, comprobando satisfecho la tensión como de cuerda de piano de la jarcia, está Rouco Aubrey. Ambos se saben portadores de La Verdad Única y guían el barco en estos tiempos en que todo lleva en dirección contraria a Dios. Recogen, flotando con determinación, como es su costumbre, a D. José Mª Aznar, que consumido por la fiebre musita algo ininteligible sobre armas de destrucción masiva. Prosigue la singladura hacia el Nuevo Día. Pocas horas después, el Mamporrero de las Azores salta con alegría contagiosa de su camastro mientras dice “¡Bien, bien! ¿Qué me he perdido? Amigos, que Dios bendiga América”.
Al día siguiente, en una nueva y aún agitada singladura, encuentran flotando en las laicas aguas a Tomás de Aquino, agarrado firmemente a la silla de Aristóteles. Desfallecido por el esfuerzo, les comunica que acabó con el último nominalista días atrás, en singular combate naval que pese a todo acabó en naufragio, y que cientos de pececillos laicos llevan desde entonces mordisqueándole los huevecillos. “Además, la puta silla esta casi no flota” apostilla.
A media mañana, oyen un rumor lejano, que al poco se convierte en intenso griterío; de repente, les cae una lluvia de flechas, una de las cuales interesa a Monseñor Aubrey en el ojo derecho y queda convertido en un clerical remedo de Heino, a pesar de los cuidados de Prada Maturin. Minutos más tarde, el vigía grita desde su cofa que se trata de miles de jóvenes exultantes, hijos espirituales de Francisco de Asís, que elevan al cielo un bosque de flechas, pero que al caer se ha convertido en lluvia de flechas, claro. Suben al barco a los miles de jóvenes indocumentados. “Dios proveerá” casi salmodia Rouco Aubrey. Mientras, se deben contentar con pescar (no anda Jesús por allí, está reunido en la Central) pececillos laicos.
No tarda mucho en distinguirse a alguien más en el agua. Es Yors Dábel Iú, antiguo Bush, convertido al Islam. Ni por esas ha conseguido encontrar a Bin Laden. Ale, a bordo.
El siguiente náufrago es Ignacio de Loyola. “Casi me dan polculo” se queja el aguerrido ante las amables peticiones de información de nuestra pareja protagonista de cómo va la Cruzada contra el Laico.
El vigía vuelve a gritar, pero esta vez es “¡Barco a la vista! ¡No parece laico!”. Todos van a sus catalejos, menos algunos miles de los miles de jóvenes, que siguen atiborrándose de peces laicos con una extraña expresión en sus rostros. Es lo que da el hacinamiento en cubierta, tendencia a la estuticia y al abandono.
Ambas embarcaciones se aproximan. Pronto se ve que la otra es tan solo un cutter aparejado con desidia, inglés sin duda. Se trata de la embarcación de recreo de Chesterton, el cual sostiene con una mano su arpa y con la otra guía a Caribdis mientras le hace una felación de aúpa. Escila observa la escena como es habitual en ella, sin ningún pudor y con un aire laico. Al descubrir al “Pío”, nuestro heroico barco, ambas saltan al agua, Caribdis con la boca extrañamente llena de sangre, mientras G.K. chilla como un berraco “¡Ayayai putas laicas, como os enganche… ayayayai!” o “¡Esto va a mi blog!” o algo por el estilo.
Entonces descubren, a la deriva, a un hombre muerto pero reflexivo, que ya se sabe cómo es la religión en materia de milagros, y no nos vamos a parar por un quítame allá esas pajas, como decía el Sr. de Prada en su adolescencia de timorato, antes de experimentar la Revelación. Decíamos que el fiambre de activo intelecto flotaba como buenamente hacen los cadáveres, y que el libre ejercicio de la flotación le permitía (hay tan pocas cosas que hacer cuando estás a la deriva) reflexionar. Y pensaba esto: “Yo tal vez esté muerto; y, puesto que nado a favor de la corriente, ni siquiera me habría dado cuenta. Pero para navegar como lo hace ese barco frágil hace falta estar vivo, porque sólo lo que está vivo puede navegar a contracorriente”. Cómo lo hace es un misterio, pero vaya si reflexiona el tío.
Con un bichero lo recoge el repuesto Aznar y lo suben a bordo. Muerto y todo, presenta bastante buen aspecto. Al ser tocado por Rouco Aubrey, se incorpora y narra su experiencia. Cuenta que cayó por la borda mientras estaba de francachela con Llamazares, y que en el agua laica vio “pasar a su lado, arrastrados por la corriente, a todos los sofistas y demagogos que lo aturdieron con sus promesas” a pesar de su deplorable estado de persona muerta, y que decidió subir “a ese barco al que una fuerza sobrenatural impulsa en sentido contrario”. Una oleada de aprobación se extiende por el barco y, lastimosamente, lo lleva a pique.
La culpa es de los miles de jóvenes que, al verse tan próximos y sin bosques de flechas que arrojar, se han dado a la molicie y a la procreación mientras Tomás de Aquino rompía la silla en la cabeza de aquellos que usaban condón. Ya lo dice la regla, “la única cuerda a bordo es la del reloj”, no, perdón, esa no es, “una mano para ti y otra para el barco”, esta sí.
La Iglesia, a pique en un Mar Laico. Esta vez, señor de Prada, fueron las “luchas intestinas”, no los consabidos sofismos. Y es que no se debe comer pececillos laicos sin cocinarlos bien antes, aunque sus parásitos constituyan un riesgo menor por la lejanía evolutiva. Gastaron todas sus cerillas en los Autos de Fe y no guardaron ninguna para su singladura por la procelosa Mar Laica. Qué se le va a hacer. No todo va a pasar en lunes.
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